lunes, 6 de julio de 2015

Islas Lacadivas [India]: En la ruta del capitán Nemo



A finales de enero de 1868, una misteriosa nave submarina buceó por las costas del suroeste de India. Lo hizo con cautela porque los fondos de este rincón del Índico son frágiles, hermosos, pero también laberínticos. El submarino en cuestión se llamaba Nautilus, era el mayor portento de ingeniería naval jamás creado y estaba capitaneado, con mano dura, por un tal capitán Nemo.




El Nautilus llevaba recorridas 7.500 leguas de viaje submarino desde su partida, pocos meses antes, desde las costas de Japón. Ahora se encontraba en este afortunado archipiélago de Lacadivas, a 200 km los terruños más próximos a la costa y a 440 km los más alejados, mar adentro, frente al litoral de Kerala, en India. Obviamente, el Nautilus nunca existió. El capitán Nemo tampoco. Ambos fueron creaciones de Julio Verne para la novela 20.000 leguas de viaje submarino, que ambientó por los fondos marinos de medio planeta. El de las Lacadivas fue uno de ellos y, aunque Verne nunca llegó a acercarse hasta aquí (de hecho, Verne apenas vio mundo), sí se informó sobre las bondades de este lugar.
Las islas Lacadivas, en cambio, sí que existen, nadie lo duda. Son diminutas –no hay división territorial más pequeña en toda la India– y están agrupadas en un modesto puñado de 36 islas coralinas (la mayoría deshabitadas), doce atolones y tres grandes arrecifes. Hasta hace 30 años, el archipiélago era un rincón remoto hasta para sus propios habitantes: por no existir, no existían ni servicios marítimos que unieran las principales islas.
Muchas cosas han cambiado en la actualidad, pero no todas: solo diez de ellas están habitadas, sumando una población total de poco más de 64.000 habitantes. La inmensa mayoría de ellos se gana la vida con las artes pesqueras tradicionales o con la pequeña industria agrícola existente en torno al coco y las fibras que lo recubren. Desde los años 80, las Lacadivas han evolucionado turísticamente para explotar de forma ecológica y lúcida su principal valor: las 420 hectáreas de mar encerradas en el interior de los anillos de los atolones, una golosina que atrae a submarinistas de medio planeta. Las aguas cristalinas –con visibilidades que alcanzan los 40 metros entre los meses de octubre y mayo– y una abultada lista de especies en los arrecifes han propiciado que los centros de submarinismo hayan proliferado en todas las islas.  



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